No sé realmente si hace un año de la última vez que estuve escribiendo aqui, pero es posible que haga ese tiempo, o tal vez más, pero lo que pretendo señalar es que aunque con relativa frecuencia me apetece volcar aqui alguna reflexión, no lo hago en el momento en que lo pienso y la cosa queda ahi… de alguna forma en el olvido.

Pero hoy, dando un paseo para rebajar calorías de esas que se acumulan con las celebraciones, los lugares que recorrí me trajeron recuerdos gratos de otros paseos vividos en esos lugares hace ya muchos años.
Fueron días buenos y otros quizás no tanto pero del conjunto de ellos se me han quedado grabados en la retina y en el disco duro que llevamos con nosotros algunas pinceladas imposibles de olvidar.
Un recorrido junto al Milenium, unos besos más o menos furtivos aprovechando la tranquilidad del paraje a primeras horas de la mañana, mientras se paseaba a Zorbas y escuchábamos romper el mar en las rocas.

Y también, finalmente, el dejarse llevar por los deseos y junto al mar, al amparo de miradas de otros paseantes y con la complicidad de un pequeño muelle que en algún momento habrá servido para aparejar pequeñas barcas, entregarse por un momento a la pasión con la persona amada, en una relación a contracorriente pero plenamente aceptada.
El tiempo pasa, los años corren veloces y nosotros seguimos sumando canas y arrugas, pero hay recuerdos que no se borran. Yo no cambiaría mi vida por aquella, pero eso no quiere decir que reniegue de esos momentos. Y al igual que ocurrió con los besos de lluvia, el rememorar aquellos instantes de dias pasados me mantiene vivo.

No sé como lo recordará ella, si es que lo recuerda, pero a mi no se me borrarán aquellos días y particularmente algunos hechos puntuales de aquella etapa de mi vida.

Hoy el pulpo estaba sin visitantes, y la zona poco concurrida, pero seguro que en aquel lugar todavía se puede oler, aunque sea solo con el pensamiento, la presencia que dejamos una mañana paseando a Zorbas.
Publicado en marzo de 2018.